Recorrió valles y quebradas con su hijo en brazos, cruzó arenales ardientes que llagaban sus pies, se estremeció en la penumbra de los montes hasta que sus fuerzas se disiparon. Sedienta y extenuada, se dejó caer en la cima de un pequeño cerro. Sintiéndose morir, pidió al cielo que protegiera a su pequeño hijito y que no lo dejara morir en ese desierto.
El de la Difunta Correa es uno de los mitos populares que más fuerte ha calado en el sentir popular. Los hechos ocurrieron aproximadamente entre las décadas de 1840 y 1850, y la fecha tope que se estima que ocurrieron estos hechos es hasta 1854; con seguridad hace más de ciento cincuenta años. En esas épocas se vivieron las luchas fraticidas entre unitarios y federales, y en todo el país las batallas llenaron de sangre el suelo argentino. Los jefes de tropas y de montoneras abusaban abiertamente de la población civil sometiéndola a sus violentos desmanes, y así terminada la batalla solían dedicarse a saquear al pueblo vencido y a violar a sus mujeres. De la regla del sufrimiento, injusticia y barbarie de aquellos tiempos no pudo salvarse la familia de Deolinda Correa.
Según cuenta la historia, en esa época vivía en la ciudad de San Juan, Don Pedro Correa, un viejo soldado de la independencia, valiente, respetuoso, admirado por todos y padre de una hermosa joven llamada Deolinda Correa.
Por entonces, era amigo y consejero del gobernador de la provincia Plácido Fernández Maradona, pero cuando éste murió, los vaivenes de la política hicieron que la policía comenzara a perseguirlo, a pesar de que se había ganado inmunidad política por su participación en la batalla de Chacabuco.
En medio de esta sucesión de hechos, muchos de sus perseguidores comenzaron a mirar a la hija de Correa con intenciones de matrimonio. Sin embargo, la hermosa Deolinda pudo resistirse a las demandas de esos hombres y se casó con Baudillo Bustos, a quien amaba y con quien tuvo un hermoso varoncito. La concreción de ese matrimonio fue su mayor anhelo, pero lamentablemente, al poco tiempo se convirtió también en su sentencia de muerte.
Enterado de este casamiento, Rancagua, caudillo militar de la época, ordenó incorporar a sus tropas a Bustos para enviarlo hacia La Rioja y de esta forma tener libre acceso a la persona de la joven. Deolinda, desesperada y con temor por lo que pudiera sucederle a ella y a su pequeño hijito, decidió entonces huir de San Juan siguiendo los pasos de su marido. Sin dejar pasar mucho tiempo, una madrugada emprendió su viaje.
El milagro
Recorrió valles y quebradas con su hijo en brazos, cruzó arenales ardientes que llagaban sus pies, se estremeció en la penumbra de los montes hasta que sus fuerzas se disiparon. Sedienta y extenuada, se dejó caer en la cima de un pequeño cerro. Sintiéndose morir, pidió al cielo que protegiera a su pequeño hijito y que no lo dejara morir en ese desierto.
Al poco tiempo, unos arrieros se acercaron al lugar atraídos por el vuelo circular de los caranchos. Se encontraron con el bebé adormecido amamantándose de los pechos de su madre muerta. Con profunda emoción e impresionados por el hecho, le dieron sepultura a la infortunada y piadosa Deolinda Correa en las proximidades del cementerio Vallecito, en la cuesta de la sierra Pie de Palo, a unos 65 km de la capital provincial de San Juan.
No pasó mucho tiempo hasta que se conoció la desafortunada historia de la joven, y desde entonces comenzaron a acercarse hasta su humilde tumba hombres y mujeres de distintos pueblos, marcando así el comienzo de una devoción popular que se acrecentó con los años. Se inició así el culto popular, más arraigado, en nuestra gente.
Rezos y ofrendas
A la difunta Correa le rinde tributo gran número de fieles, en especial los viajeros que dejan repuestos de vehículos en las ermitas dedicadas a la Difunta. Entre otras cosas se observan además coronas, flores de papel o naturales, velas, guantes de boxeo, motos, bicis, cuadros, retratos, insignias, ropas, ajuares completos de novia, chapas patente de automóviles y todo objeto que sirva como ofrenda por los milagros concedidos.
La gente deja además botellas llenas de agua, que son acarreadas hasta su santuario o dejadas en las pequeñas capillitas o cruces que se observan al costado de las rutas de todo el país. Su simbolismo mágico expresa el deseo de sus devotos de que no le falte nunca más el agua que apaga la sed y vence a la muerte.
El milagro de la Cuesta de las Vacas
Cuando los arrieros encontraron a la Difunta Correa, la enterraron y pusieron una cruz. También dice la tradición y algunos documentos encontrados que en las últimas décadas de 1800, ya era conocida por la transmisión oral en las noches de fogones arrieros, el coraje y el amor de la Difunta Correa, y por aquel entonces ya se le habrían pedido gracias y ésta las habría concedido. Así hay una misa encargada en su nombre en 1883 y una lápida que dice (con error de ortografía) “Recuerdo de gratitud y justicia a la caritativa alma Difunta Correa Q.E.P.D. Junio de 1895”. O sea, hacia fines de 1800 ya se conocía a la Difunta Correa como alma que concedía favores.
Pero fue en el año 1898 en el que la Difunta Correa produce un gran milagro que por su asombrosa realidad trascendió todos los pueblos de argentina y corrió la fama por toda Latinoamérica. Había por aquellos tiempos un arriero conocido en el oeste argentino, don Pedro Flavio Zeballos. Su fama se extendía por Córdoba, Santiago del Estero, la Rioja, San Juan, San Luis y Mendoza. Solía llevar ganado a Chile donde existía un mejor precio para la carne vacuna. Había sido contratado por una señora radicada en Córdoba para llevar quinientas cabezas de ganado a Chile y venderlas. Zeballos sale con su gente y con su tropa a cumplir el encargo y se dirige al oeste. Pasados unos días de marcha y ya atravesando San Juan, decide hacer noche acampando en Vallecito “Encontrándose acampado con sus arrieros y el ganado, comienza una gran tormenta, los animales se inquietan, hasta que ante el fragor inusitado de la tormenta los animales huyen espantados”. Por aquella época ya había mentas de los milagros que solía hacer aquella mujer que muriera en Vallecito amamantando a su hijo, la Difunta Correa; y contaba Contreras Zeballos, un nieto del arriero, que su abuelo y la tropa habían acampado a la altura de un barranco en la que había una cruz que indicaba la presencia de un muerto: era la cruz de la Difunta Correa.
El paisano le pidió fervorosamente delante de los integrantes de su tropa: “Difunta Correa, te pido protejas a los animales y si los puedo recobrar te hago una manda (promesa): vendré y te construiré una capilla para cubrir tu tumba y tu cruz”. Al día siguiente, pasada la tormenta salieron a buscar los animales. Es de imaginar el espíritu de aquella gente, una gran tormenta había producido la estampida de los animales y podrían estar en cualquier lugar… pero la Difunta Correa había trabajado como una buena arriera celestial y encontraron a todos los animales juntos en una cuesta que terminaba en una quebrada. Se había producido el primer gran milagro a pedido de don Flavio Zeballos, un hombre bueno, correcto y arriero de ley.
Este milagro fue como un reguero de pólvora; se extendió a todos los confines del país y aún de países limítrofes, y desde entonces todo arriero o viajero que pasa por Vallecito visita la cruz de la Difunta Correa.