La leyenda de la Mulánima está arraigada en las provincias de Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja aunque también suelen escucharse versiones en Corrientes, Salta, Jujuy y Buenos Aires.
Se dice que la Mulánima, también llamada Alma mula, Mujer Mula, Mala Mula, Mula sin Cabeza, Mula Frailera o Tatá-Cuñá, es una mujer condenada por incesto, una mujer que tiene como amante a su padre, a su hermano o a su hijo, es decir a alguien de su propia sangre, aunque se comenta que esta maldición se extendería también a la mujer que hubiera mantenido relaciones amorosas con un sacerdote sin sentir, en ninguno de los casos, vergüenza ni arrepentimiento alguno por sus amores social y cristianamente prohibidos.
Ante tamaña herejía el Señor la condenó en vida a que vague por las noches, convertida en mula, buscando eternamente a quien se anime a redimirla.
Su aspecto es el de una mula de color negro o castaño oscuro con grandes orejas, que aparece sólo de noche totalmente envuelta en llamas ya que echa fuego por la boca, los ollares y los ojos.
Este engendro de mujer galopa a toda velocidad haciendo un ruido infernal como si arrastrara gruesas cadenas emitiendo un rebuzno triste, estridente y desesperado, casi humano, a veces como un relincho y otras como el llanto de una mujer, un quejido que estremece a quienes lo oyen y que enloquece a los perros.
Lleva además las riendas sueltas, de modo que al correr las pisa y se lastima la boca con el freno, se dice que sale preferentemente en noches de tormenta y que se alimenta de carne atribuyéndosele las desapariciones de ovejas y niños.
Para salvar su alma hay varios métodos como cortarle una oreja o la frente, así su sangre al correr se transforma en el elemento redentor que la convierte nuevamente en mujer.
Otras versiones, dicen que sólo un hombre valiente puede detenerla efectuando dos procedimientos distintos, uno es sacándole el freno que lleva en la boca y el otro consiste en preparar un cuchillo (que tenga cruz entre el cabo y la hoja) y esperarla para herirla en la cabeza repitiendo tres veces "Jesús, María y José".
Todavía hoy, en varias regiones del noroeste argentino en noches de tormenta cuando se oye el ruido estremecedor de las cadenas que arrastra y el loco golpear de sus cascos, las puertas se cierran, las familias se abrazan temerosas y rezan despacito hasta que pase y se aleje la temible Mulánima.