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Buenos Días -  


MALLEUS MALEFICARUM


LIBROS MALDITOS

Pocos libros pueden ser considerados más infames, dañinos y mezquinos que el Malleus Maleficarum, conocido también como el Martillo de los Brujos. Su lectura produce en primer lugar incredulidad, luego espanto, indignación y pena, nunca ningún otro libro pudo causar tanta maldad en el mundo ni generar tan trágicas consecuencias como éste.
El Malleus, fue compilado y escrito entre los años 1485 y 1486 por dos monjes dominicos inquisidores, Jacobus Sprenger y Heinrich Kramer, quienes aseguraban en el libro que el Papa Inocencio VIII, a través de la bula Summis desiderantes emitida el 5 de diciembre de 1484 (el principal documento papal sobre brujería) , les había otorgado poderes especiales para procesar brujas en Alemania, aunque en realidad, este decreto había sido emitido antes de que el libro fuese escrito y antes de que sus planeados métodos fueran dados a conocer. En sus páginas se describía lo que por entonces podían considerarse actos impuros y realizados bajo la posesión del demonio
Kramer y Sprenger presentaron el Malleus Maleficarum ante la Facultad de Teología de la Universidad de Colonia el 9 de mayo de 1487, esperando que fuese aprobado. En cambio, el clero de la Universidad lo condenó, declarándolo tanto ilegal como anti ético.
Kramer, no obstante, insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad en posteriores ediciones impresas del libro. La fecha de 1487 es generalmente aceptada como la fecha de publicación, aunque ediciones más tempranas de la obra pudieron haber sido producidas en 1485 o 1486. La Iglesia proscribió el libro poco después de la publicación, ubicándolo en la Lista de Obras Prohibidas (Index Librorum Prohibitorum).
A pesar de esto, entre los años 1487 y 1520, la obra fue publicada 13 veces y después de unos 50 años, fue reeditada un total de 16 veces más.
La supuesta aprobación que aparece al inicio del libro contribuyó a su popularidad, dando la ilusión de que se le había otorgado un respaldo garantizado.
Deteniéndonos un poco en la historia y en la época en la que se desarrollaron estos hechos, sabemos que la herejía era la negación de un acto de fe, que además se reafirmaba en la persistencia a seguir cometiendo tal “error”.
Dentro del orden social que perseguía una Iglesia Católica en auge, los herejes eran considerados como viles traidores a la convivencia y terribles enemigos sociales.
Recordemos también que por varios siglos la Iglesia Católica ejerció una fuerte represión, un despotismo absoluto y una gran rigidez en las normas sociales.
Surgieron entonces, como siempre surgen en épocas así, grupos que luchaban contra esa represión; sectas que se ocultaban confiadas en sus propias creencias, como los cátaros o los albigenses que no reconocían la autoridad de reyes ni obispos, pero cuyos valores eran, según nuestra visión actual, mucho más justos y rectos que los que promulgaban desde la propia iglesia de los siglos XII y XIII.
Naturalmente, estos grupos fueron perseguidos pero, sin embargo, aquellas persecuciones fueron inicialmente populares, es decir que cuando se atrapaba a un hereje, no había juicios ni condenas, simplemente se lo ejecutaba en el lugar.
Por ello, la Iglesia se vio muy pronto en la obligación de tener que institucionalizar aquellas persecuciones y muertes para darles validez, y fue así que en el Concilio Ecuménico de Letrán, en el año 1215, se convirtieron en Leyes las sanciones a aquellos herejes.
Apenas 7 años después, en el 1221, Gregorio IX instituyó la Inquisición pontificia, y lo que en un principio se creó para perseguir a aquellos que se oponían al “reinado” de la Iglesia, en apenas dos siglos se convirtió en la persecución de brujas, adivinos y blasfemos.
¿Cuál fue el motivo principal para perseguir este tipo de sacrilegios? ¿Qué temía la Iglesia con esta gente, generalmente pobres, y muchas de ellas acusadas injustamente? Probablemente fuera esconder las grandes diferencias sociales; esconder la pobreza existente, la desigualdad, y los lamentos de una sociedad que pedía en silencio su libertad. Probablemente, lo que pretendía era hacer creer al pueblo que era la brujería la que originaba todos aquellos problemas sociales y los hechizos los que llevaban por el mal camino a su gente.
Y así surgió la necesidad de tener un auténtico catálogo que legitimara sus acciones y si bien ya se había publicado anteriormente el Fortalitium Fidei en el año 1461, fue el Malleus Maleficarum el que durante tres siglos rigió los destinos de media Europa.
El Martillo de los Brujos consta de tres partes.
En la primera parte se trata la fe católica, la relación existente entre ésta y los fenómenos demoníacos, los motivos que provocan la brujería y las diferentes clases de brujas y hechizos. Detalla cómo el demonio y sus seguidores, las brujas y hechiceros, perpetran una plétora de males sobre la tierra y explica que las mujeres, por su supuesta naturaleza más débil e intelecto inferior, son más propensas a la tentación de Satán que los hombres. El propio título del libro contiene la palabra maleficarum, la forma femenina del sustantivo, y los escritores declaran (incorrectamente) que la palabra fémina (mujer) es una derivación de feminus, sin fe (infiel, o desleal).
La segunda parte, mucho más cruda, recoge los métodos que se deben seguir para combatir a la brujería. Detalla como las brujas lanzan hechizos, y como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Un fuerte énfasis se le da al pacto con el diablo y la existencia de brujas es presentada como un hecho. Muchas de las informaciones del libro de hechizos, pactos, sacrificios y cópula con el diablo fueron obtenidas (supuestamente) de juicios inquisitoriales llevados a cabo por Sprenger y Kramer.
La tercera parte, que no se refleja en todas las ediciones de este libro, detalla los pasos que hay que seguir en cada juicio y los métodos para detectar, enjuiciar, sentenciar y destruir brujas.
La tortura en la detección de brujas es vista como algo natural; si el brujo o bruja no confesaba voluntariamente su culpa, la tortura era aplicada como un incentivo para confesar. Los jueces eran instruidos para engañar al acusado de ser necesario, prometiendo misericordia a cambio de una confesión.
Esta sección también habla de la confianza que se puede poner en los testimonios de los testigos y la necesidad de eliminar acusaciones maliciosas, pero también sostiene que el rumor público es suficiente para llevar a la persona a juicio y que una defensa demasiado vigorosa es evidencia de que el defensor también esta embrujado. Hay reglas acerca de cómo prevenir que las autoridades sean embrujadas y el consuelo de que, como representantes de Dios, los investigadores están protegidos.de las b
Muchos son los rasgos que distinguen a esta obra, pero todas con una base común, la denigración de la mujer:
“La hembra es más amarga que la muerte”, decían, y bajo esta frase, sus autores tomaron partida contra la mujer, a la que consideraban libertina y endemoniada. Junto a esta misoginia se destaca su cinismo y su brutalidad. Abogaban por la tortura como medio para obtener las confesiones. La obra es todo un curso de cómo confundir al reo y empujarlos a declararse culpables.
“Tienen el hábito de comer y devorar a los niños de su misma especie”, “causan el granizo y tempestades y rayos, y esterilidad en los hombres”, “echan al agua a los niños que caminan junto a las orillas”, “encabritan a los caballos”, “se transportan por el aire”, “despiertan horror en las mentes”, “practican la lujuria carnal con los demonios”… cada uno de los capítulos es un descarnado proceso descriptivo de lo que son capaces de hacer, y de cómo llegar a torturar de las más diversas formas para finalmente arrancar la verdad. Junto a las quemas en la hoguera, tan desgraciadamente conocidas, existieron infinidad de métodos e instrumentos de tortura y muerte creados a partir de la imaginación de mentes totalmente pervertidas.
Leer este libro hoy, causa un horror indescriptible, una indignación tal contra la Iglesia que impide entender cómo fue posible que se permitieran actos así en nombre de la fe.
Cinco mil mujeres fueron juzgadas en tres meses en Génova, siete mil en Trier, cuatrocientas supuestas brujas fueron acusadas en los famosos juicios de las Brujas de Salem en Nueva Inglaterra: veinte degolladas, ciento cincuenta encarceladas, y doscientas treinta quemadas en hogueras públicas…
La mayoría de las cazas de brujas se produjo en el norte de Europa, con más de 50.000 ejecuciones generalmente realizadas por tribunales civiles. La gran mayoría de los ajusticiados por brujería fueron mujeres.
Éstos son algunos de los ejemplos de las muchas barbaridades cometidas en nombre de la Iglesia por la “Santa Inquisición” tomando como base el infame Malleus Maleficarum, el Martillo de los Brujos, el que casi por tres siglos, fue el libro de cabecera del Tribunal de la Inquisición.

FOTOS:

ARDER EN LA HOGUERA Y EL DESCUARTIZAMIENTO: Eran los castigos más populares en contra de los herejes.

ESCUDO DE LA INQUISICIÓN: A ambos lados de la cruz, la espada simboliza el trato a los herejes y la rama de olivo la reconciliación con los arrepentidos. Rodea el escudo la leyenda «EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM. 73», que en latín significa Álzate, oh Dios, a defender tu causa. Salmo 73.

TRIBUNAL INQUISIDOR: Tomando declaración a los herejes mientras aplican todo tipo de torturas.

LA CUNA DE JUDAS: Era una pirámide con una punta afilada, al hereje se lo ataba con cuerdas de brazos y piernas y se lo dejaban caer de golpe sobre la punta para que con su propio peso se le clavara en el ano, escroto o vagina.

LA SIERRA: Observando el dibujo, éste instrumento de tortura no necesita muchas explicaciones. Sus mártires son abundantes. Debido a la posición invertida del reo, se asegura suficiente oxigenación al cerebro y se impide la pérdida general de sangre, con lo que la víctima no pierde el conocimiento hasta que la sierra alcanza el ombligo, e incluso el pecho.

LA HORQUILLA DEL HEREJE: Como se puede apreciar en la fotografía, la "horquilla del hereje" estaba compuesta por cuatro puntas afiladísimas que se clavaban profundamente en la carne, bajo la barbilla y sobre el esternón. La horquilla impedía cualquier movimiento de la cabeza, pero permitía que la víctima murmurase, con la voz casi apagada (lo que se conocía como "abiuro", palabra que se halla grabada en un lado de la horquilla). Si se negaba a confesar, el hereje, considerado como "impenitente", era vestido con el traje característico y conducido a la hoguera, con la condición de la Extremaunción.







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